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Rocío del Olmo

Instrumentista, cantante y docente

Pianista y de jazz

Nací en Murcia, y ya de pequeñita se dieron cuenta de que se me daba bien la música. Me mandaron derechita a una escuela de música en Murcia. No recuerdo cual, y no recuerdo muchas cosas de allí, salvo algunos flashes de juegos musicales y un profesor majo.

Más tarde mi familia se mudó a León. Tendría yo 6 o 7 años. Alguien decidió que el piano me iría bien y me apuntaron a una academia de música especializada en piano. Academia Musical Chopin, se llamaba. Ésa sí que la recuerdo, porque me pasé allí hasta los 17 años, aprendiendo lenguaje musical y piano, de la mano de mi querida profesora Maribel.

A los 18 años, justo antes de entrar en la universidad, mi familia se volvió a mudar. Esta vez a Valencia. Aquí estudié Magisterio de Educación Musical, donde me introduje en los principios de la pedagogía musical y el funcionamiento de una Escuela. También lo compaginé con el conservatorio. Me encantaba cantar, así que entré en la especialidad de canto.

Hice las prácticas de carrera, me plantaron matrícula de honor por ellas y luego me metí de cabeza en las oposiciones. ¿Por qué? Porque es lo que toca si estudias esa carrera. ¿Qué otra salida vas a tener?

Yo por esos entonces había empezado a estudiar un Máster de Musicoterapia en Bilbao. Se trataba de seminarios de fin de semana, así que lo podía compaginar con cualquier cosa que hiciera en Valencia. Ya desde el primer día fue para mí un cambio de paradigma. Cambié de manera de pensar respecto a la música. Las cosas no eran como yo pensaba.

Volviendo a Valencia, seguía la corriente. Academia de oposiciones. Un día decidí por fin que yo no quería eso. No quería una plaza fija en un colegio. Pero claro, esta forma de pensar no encajaba… “¿Por qué no quiero un trabajo seguro para el resto de mi vida? Todo el mundo quiere eso… ¿Por qué trabajar en un colegio ahora no me convence? ¿Y qué vas a hacer si no?”

El conservatorio también dejó de convencerme. Aquello era un hervidero de divismo, competitividad y una selva. No era mi ámbito. Adoraba cantar, pero allí no me sentía bien, y empezaba a notarse en mi formación. Lo dejé.

También dejé las oposiciones y, entre un follón existencial y otros problemas personales, pasé una época muy dura.

Me mantuve en el Máster, que era lo único que me levantaba la moral. Mis viajes a Bilbao eran sagrados, y los esperaba con ganas. Me cambió la vida de arriba abajo, en lo personal y en lo profesional. Nunca más fui la misma.

Compaginando, como siempre, empecé a trabajar en una academia de música, dando clase de solfeo y de piano. Aquí aprendí realmente a dar clase de piano. Mi jefa era muy escrupulosa y me explicaba con detalle lo que quería de cada alumno y qué es lo que tenía que hacer. Aprendí a tener una relación con los chavales y a observar cómo asimilaban conceptos musicales. Pasé allí dos años.

Aunque la metodología de la academia daba ciertos resultados, había algo que a mí no me gustaba. Yo ya tenía una formación en Magisterio musical y casi tres años de Musicoterapia. Veía cosas que se contradecían. Veía chavales desmotivados, veía formas de aprender que dejaban de lado el crecimiento personal de la música, y veía metodologías que sólo funcionaban en unos pocos. Por supuesto, mi jefa no pensaba lo mismo que yo. Ella era una empresaria.

La escuela empezó a ir mal, y me despidieron. Así que mientras encontraba otra cosa, empecé a dar clases particulares por mi cuenta.

Ya está, por fin. Aquí tenía libertad. Ya no tenía una jefa o un currículum que me dijera lo que tenía que enseñar. Yo era mi propia jefa. Ya podía tomar las riendas y dar lo que realmente necesitaban los chavales. Poco a poco amplié mi alumnado, y de todos aprendí, de cada clase aprendí.

Terminé el máster, terminé las prácticas, y terminé el trabajo fin de máster.  Me llegó mi Título de Musicoterapeuta. Ya podría hacer terapia, pero decidí dedicarme sólo a las clases.

No hago terapia en ellas (no debo), pero tengo muchos recursos que ayudan a mis alumnos a sentirse más cerca de la música y lo necesario de la partitura. Ya no tengo que rendir cuentas a nadie, salvo a ellos y a mí misma; y aunque aún estoy aprendiendo y lidiando con cosas, siento una enorme satisfacción cuando acabo una buena clase, y mis alumnos confían cada vez más en mí.

Pero llevo años oyendo historias, llevo años viendo cómo llegan a mis clases los niños, y cómo han aprendido, veo sus miedos, veo algo que falta con la música, y veo algo que falta en la educación. En muchos ámbitos.

Viento Rubato es mi humilde aportación al mundo de la educación musical. Me ayuda a compartir todo lo que he aprendido, todo lo que aún estoy aprendiendo, mi visión y mis ideas.

Te agradezco tu tiempo leyendo todo este tostón. 

Un abrazo

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